Quizás no lo recuerde, pero yo se que sí. Como cualquier chica romántica, ella recordaba cualquier fecha estúpida, como era el tacto de su ropa o el dulce olor que desprendía su pelo. Fresas.
Entonces eran jóvenes e ingenuos, ella ciega y él…era él. El amor les duró tanto, como a ella su recuerdo. Recordaba las fresas como su mayor tesoro. Se arrepintió de no haberlas probado antes…así qué, cogió sus gafas, su palo y su abrigo y se dispuso a ir al mercado más cercano para comprarse las más suaves que tocara.
Pero llegó, y lo primero que sintió fue su aspereza. Cómo no. Ella volvía a equivocarse. Volvió a recordar. Cada recuerdo sigue siendo hoy una herida convertida en cicatriz que late bajo la caricia de unas manos que ya no son ni serán las mismas que fueron siempre.